De hecho,
esta muy lejos de serlo, ella es holgada, nunca calza perfecto, le sobra o le
falta algo, aprieta por un lado y casi siempre le falta un botón, así es la
chaqueta.
La medida
justa no existe, algunas veces dos tazas de agua no son suficientes para evitar
que el arroz se queme, en otras ocasiones, la misma cantidad de liquido se
transforma en asopado.
Ella pasa
a la espera de encontrar “justo lo que necesitamos”, la mesa se balancea de un
lado a otro, hasta que algún mesonero improvisador se le ocurre colocar un
pedazo de cartón debajo de la pata coja. Es solo una justicia artificial,
pasajera.
Durante
noventa minutos el balón se empeña en golpear los postes, en detenerse justo
sobre la línea, en desviarse en el último suspiro. En el tiempo de descuento,
un perfecto contragolpe le da la victoria al rival.
Paredes
de bloque improvisadas separan realidades en
desequilibrio, pan que no llega y maltratos ocultos. Abajo en la ciudad,
la balanza hace gala de desequilibrio, regala abundancia y rolles de sushi
tempurizados.
El
malabarista hace equilibrio sobre la cuerda, abajo lo espera un cocodrilo
hambriento, el público es sádico y en el fondo desea un tropiezo. La paga en el
circo no es buena y para redondearse escupe fuego entre los cambios de luz de
un semáforo.
Un
fotógrafo capta el momento en el que un zamuro hambriento desgarra el brazo de
un niño desnutrido, es muy injusto, el pobre pajarraco queda con hambre, no hay
carne, solo algo de fama en la portada de la próxima edición de National Geographic.
La sangre
de sus venas es azul, solo esquía y navega en su velero. La sangre es roja,
normal, se derrama a temprana edad por haber perdido unos gramos de la
mercancía del jefe. Es injusto.
Y así es
el símbolo de la justicia, una balanza inclinada hacia algún lado, nunca en
equilibrio, como la chaqueta, como el agua del arroz, la pata coja, el gol de
contragolpe, como los rolles de sushi tempurizados, el malabarista, el zamuro,
el narco, como la vida…no es justa.

Buena reflexión
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